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La droga del exterminio silencioso
Paco, la pesadilla Argentina

Su caída al infierno fue brusca, el paco era parte de su vida. Era capaz de hacer cualquier cosa para comprar su dosis diaria. Hoy, continúa con la lucha que emprendió hace unos meses atrás para salir de ese abismo que desea dejar en el pasado pero no en el olvido. La define como su batalla diaria, pero es consciente de que se trata del más duro de sus combates. Diego conversa a escasos metros de la Municipalidad de San Justo donde, como cada miércoles, hay un grupo de mujeres dispuestas a pelear bajo el lema “Basta de paco, basta de muertes, sí a la vida”.

“Antes sí capaz era algún que otro ‘churrasco’ o jalabamos un toque, pero un día cayó un amigo y trajo paco, y yo probé. Pegó, me dejó pila, duro, y por eso empecé. Llegué a gastarme casi doscientos mangos por día, re empachado, pero es que es una droga que te pide mucho. A veces, cuando quedaba manija, me daban igual porque sabían que tenía moneda, pero si sos fisura te junan como su gato y te mandan a afanar. En dos semanas no servís para nada, no comes, no te bañas, no tenes ganas de nada, quedas estúpido y deformado”, relata Diego.

Hace algunos años irrumpió en la sociedad argentina cobrandose la vida de tres personas por día, se trata de la sustancia psicoactiva más explosiva y poderosa que en el 2001 se instaló en las clases bajas para desplazarse a sectores medios, traspasando ya el límite de las villas y avanzando cada vez más entre los jóvenes de clases más altas. Básicamente es el emergente residual de una nueva etapa en el circuito de valorización de clorhidrato de cocaína, y se fuma en pipas hechas con un caño de aluminio ahuecado –generalmente con una antena de televisión o una guía de cortinas- donde se coloca en el fondo tabaco quemado que tiene la función de encender y mantener el calor para la volatilización del polvo.

Con un incremento mensual en su prevalencia del 300%, la pasta base de cocaína logró desplazar a las más comunes por tener un precio relativamente bajo en comparación con otras sustancias. El valor del paco está por el orden del peso, pero –según expertos- su corto efecto y su gran capacidad adictiva, hacen que los jóvenes gasten mucho dinero para consumir esta droga que sin embargo es definida como la droga de los pobres.

“La sustancia es muy adictiva y eso hace que una persona necesite consumir, y una vez que arranca necesita consumir, consumir y consumir, el efecto es muy corto. Si bien, supuestamente es barato, es muy corto. O sea que es relativo que es barato, es muy caro ser adicto al paco, cosa que desde los medios por lo general a veces se dice ‘la droga de un peso, la dosis de un peso’, y es según, porque si vos te imaginás lo que es un peso cada diez segundos es una fortuna, y hace que el joven prontamente o se lleve todo lo que hay adentro de la casa para seguir consumiendo o salga a robar a alguien afuera. Y el deterioro es mucho. Entonces este tipo de droga lo único que hace es acelerar los procesos normales de una adicción”, aclara Marcelo Candal, Director de la asociación Revivir.

Es nada más ni nada menos que una unidad de venta capaz de transformar a sus consumidores más vulnerables en muertos vivos, es el equivalente al ‘porro’ para la marihuana o bien al ‘raviol’ o ‘papel’ para la cocaína. Su calidad varía según el fraccionador y la capacidad de compra del consumidor. Este residuo puede contener hasta no más un 5% de cocaína, ya que para ‘estirar’ la sustancia a fin de obtener mayor beneficio económico, suele mezclarse con multiplicidad de elementos que intentan simular el aspecto y el olor de la sustancia base.

Según informes judiciales, se han incautado sustancias que contenían hervicidas y hasta vidrios de tubos fluorescentes molidos. Pero es no es todo, puesto que –descontando el ácido sulfúrico propio del proceso de transformación de la droga- suelen agregarse solventes, querosén, ácido clorhídrico, analgésicos, antitérmicos, psicotrópicos, entre otras sustancias. Es a la luz de estos detalles que resulta difícil comprender el poder adictivo que caracteriza al paco, mas clarifica su poder destructivo distintivo por el cual se estima que a los 3 meses de consumo el cerebro presenta daños neurológicos irreversibles.

“Desatención sanitaria” es la frase más escuchada cuando de paco se habla. “Las características físicas son el bajo peso, el deterioro emocional y una familia devastada. Aproximadamente el 30% de los adictos padecen tuberculosis, desnutrición, alguna enfermedad venérea, también hay casos de HIV. Los pacientes adictos se escapan de los hospitales y es que el paco ya superó a los médicos, que ya no saben qué hacer”, explica Candal, director de Revivir, la fundación que alberga en sus distintas sedes más de mil jóvenes con problemas de adicción, sobre los cuales estima que la incidencia del paco oscila entre el 60 y el 70 % aproximadamente.

La tasa de prevalencia anual es mayor entre los jóvenes, lo cual acentúa la necesidad de focalizar la problemática en los dos primeros rangos etarios comprendidos desde 12 hasta 17 años y de 18 a 24. Respecto de los pacientes en tratamiento, en 3 años la cantidad de consumidores de paco se quintuplicó, mientras crece el número de menores que buscan atención por esta sustancia. En tanto, de acuerdo a un informe presentado por la Secretaría de Adicciones de la Provincia de Buenos Aires, el 40% de los llamados recibidos el último año por el consumo de esta droga fueron realizados por la madre del consumidor. Además, el 67% de ellos se encuentra dentro de situaciones de policonsumo.

“Una de las primeras drogas suele ser el alcohol o la marihuana, el paco es una de las últimas drogas que termina consumiendo, la que más trastornos trae y que en algún punto hace dar cuenta que es una enfermedad. Detrás de cada tratamiento que se arranca está la presión de la familia, sino no hay tratamiento, y más con el paco donde los jóvenes no pueden ver el desastre que están haciendo a la familia que sufre por vivir situaciones violentas. Muchas veces no los pueden ni traer, pero cuando los traen y el joven acompaña a la familia, se va tratando de trabajar en la voluntad, pero como la adicción ataca la voluntad de la persona, es difícil que un joven tenga la voluntad de querer curarse. Muchos dicen “yo por voluntad propia”, y en realidad nadie hace el tratamiento por voluntad propia, uno lo hace por haber sufrido las consecuencias de la droga, no por la voluntad de recuperarse. Después uno encuentra la voluntad de mejorar, pero en un principio los motivos de internación es que ya no se bancan más o por otras cosas, no tan profundas como querer salir”, señala el director de Revivir.

Jóvenes irreconocibles, familias devastadas, dos caras de una misma moneda. Y en medio, la agonía del calvario que vive tanto el adicto como su entorno. “La gente nunca logra entenderte, pero yo creo que los adictos piden ayuda a gritos, lo hacen a su modo, a pesar de que se nieguen a internarse. Es complicado y, sobre todo, cansador. Las cosas en la familia misma se pudren, te dan la espalda porque se terminan cansando. Hay mucho pesimismo, pero con mucha fuerza y contención es posible salir”, concluye esperanzada Claudia, mamá de Diego, quien luchó hasta las últimas consecuencias para que su hijo logre superar la adicción.